Atrevido estibador, de los clásicos que llegan a cargar media tonelada de naranjas a espalda limpia. Sudando la gota gorda de sol a sol para conseguir sobrevivir, y con suerte, enviar a alguno de sus ocho hijos al colegio.
R.C.T.M. Pacheco...
Aventuras de una vida que se enciende, en una Lima que se apaga

Siempre he pensado en mi vida como una lucha perpetua contra mi destino, cual Edipo buscando escapar de aquella inexorable naturaleza. No pudiendo hacer menos, me encargue de devolverle los golpes a este, que siempre regresaba con la única consigna de hacerme morder el polvo una vez más. Sin embargo, he empezado a pensar en todos estos años, que todo lo que había vivido era mucho mas que una simple pelea; la vida me estaba preparando para algo sobrenatural, para algo mas allá de mi comprensión anteriormente: el amor.
Innumerables años he pasado alegrías y tristezas totalmente solo, al final, esa siempre hacia sido mi naturaleza, la de un lobo solitario. Aullando siempre a la luna, ocultando mis penas siempre en la oscuridad de la noche, tras garras y colmillos. He maldecido a la diosa fortuna, al destino y la vida misma por haberme condenado a deambular sobre esta tierra totalmente solo. No obstante, ahora materializo la magnitud de mis palabras y veo como se reducen a la categoría de blasfemias. Nunca habría podido pensar que así como el destino se había encargado de quitarme las cosas que mas he querido en el mundo, la vida se encargaría de poner el mundo entero en mis manos.
Ella llego como una ráfaga de sol en invierno, en el eterno invierno de mi vida. Irrumpiendo desde la nada hasta lo más profundo de mi corazón, sin aviso y sin pausa. Inundando de colores las calles, devolviéndome la fe en la vida, en el amor, aquella esperanza perdida después de tantas guerras perdidas.
Han pasado ya 30 días desde la primera vez que nos besamos, desde aquella mágica noche en la cual desapareció el mundo entero y el tiempo se detuvo solo para contemplar ese maravilloso evento. Puedo sentir aun como se estremece la tierra y como tiemblan sus labios al rozar los míos. Pienso todos los días en como ese evento a sido tan crucial y puso mi vida entera de cabeza para siempre. Ha sido tanto para mi, que es casi imposible poder describir los acontecimientos del ultimo mes en mi vida al detalle. No es cuestión de escasez de recursos literarios ni mucho menos de falta de sentimiento, se trata simplemente de que las palabras no son suficientes para plasmar la magnificencia de lo que he vivido hasta ahora. Es por este motivo, por el cual vengo a dar vida a estas letras, a impregnarlas de una parte de la magia que estoy viviendo, que estoy disfrutando por primera vez. Simplemente estoy acá para gritarle al mundo entero que estoy enamorado, y que mis días se soledad han terminado, que nunca mas tendré que escribir líneas tristes.
Me resulta tan impensable a veces que esta sensación de bienestar y felicidad total sea real, pero hoy más que nunca la siento en el aire rodeándome, tan material como la inspiradora de estas humildes líneas. Es por eso que vengo y le grito al mundo entero que he perdido la cabeza, que el amor late acá en el lado izquierdo de mi pecho. Que mis días son los mas bellos gracias a ella, gracias a Fiorella, la causante de este celestial sentimiento. Mis palabras son de ella, y hacia ella van.
Es el primer mes que cumplimos como enamorados y el único mes en toda mi vida en el que he agradecido a la vida cada amanecer por haberme bendecido con su corazón, sus besos, su sonrisa, su amor. Y es que en mi vida, el amor llevaría su nombre ahora en adelante, pues sin ella volvería a dejar de tener sentido alguno para mi.
Ella suspira, mientras observa el jardín de rosas, las flores parecen haber olvidado su encanto en algún lugar de la noche. Ella está sentada tratando de contener sus lágrimas, de no explotar. Necesitaba de algo que la hiciera olvidar, o más bien, que la haga pensar en que la vida aún podría tener sentido, necesitaba de él. Él siempre fue su verdadero amor, nadie más la pudo haber amado de igual forma y ella no podría haber vivido al lado de alguna otra persona. El gran amor de su vida no estaba mas ahí, la había abandonado hace mucho tiempo atrás.
Ella pasa la tarde mirando el cielo desde su ventana, en el mismo lugar en el que él le dio el último adiós. Observa el firmamento, como esperando el regreso de su amado. El día es frío y triste, el aire lleva consigo un aroma de nostalgia, de dolor.
Lejanos parecen los días en que ellos dos estuvieron juntos, en las buenas y en las malas, siempre juntos. La vida les dio los golpes más duros que tenía guardados, hizo que temblara su mundo entero, pero nunca pudo separar aquellas dos mitades que siempre latieron juntas, que siempre fueron el mismo corazón.
Decidió dejarla una mañana de verano, llevándose consigo la alegría de su vida, la luz de sus días, el encanto de su sonrisa. Ella derramó su vida entera en sus lágrimas cuando él se despidió, le rogaba entre el llanto más triste que pudo haber existido que no la deje, que cumpla su promesa de permanecer a su lado por toda la eternidad. Desesperada, no sabía como afrontar aquel momento, se destruía por dentro al verlo alejarse. Él pronunció sus últimas palabras y se despidió con aquella mirada que siempre la cautivó, la misma que permanecía imborrable después de tantos años.
Ella observa como la vida pasa y pasa sin detenerse, sollozando. Ve cómo el día parece suicidarse robándole el aroma a las flores, el canto de las aves y el coqueteo del sol más tímido que existía.
De haber podido escoger su destino la hubiera visitado todos los días sin falta alguna, de haber podido. Sin embargo, empacó todo lo que pudo cargar y partió hacia aquel lugar de donde no se puede regresar. Él nunca quiso irse, nunca antes que ella. La muerte se lo llevó lentamente hace mucho tiempo atrás, él luchó valientemente durante varios años contra aquella enfermedad, ella peleó incesantemente a su lado cada día, cada hora, cada instante. Las lágrimas derramadas en su entierro fueron tantas que podrían compararse con el diluvio bíblico.
Con el pasar del tiempo, el dolor fue haciéndose más llevadero para todos. Sin embargo, ella nunca pudo dejarlo ir, aún parece rogarle que no la deje todas las tardes de invierno, cuando en medio de estas tardes tan heladas clama por un poco de ese calor que él ya no podrá darle.
